Edificio Metrópolis (Gran Vía): la cúpula que convirtió una esquina en icono
Hay edificios que se miran. Y luego está el Edificio Metrópolis, que se recuerda. En pleno centro de Madrid, presidiendo el arranque de Gran Vía, esta esquina no es solo una postal: es un resumen perfecto de cómo la ciudad quiso verse a sí misma cuando entró en el siglo XX: moderna, ambiciosa y con ganas de brillar.
Una esquina antes de ser leyenda: la “Casa del Ataúd” y el Madrid que se abría
Para entender el Metrópolis hay que imaginar el Madrid de finales del XIX y principios del XX: un centro histórico denso, calles estrechas y una idea obsesiva en el horizonte urbano: abrir una gran avenida que conectara y ordenara el corazón de la ciudad. El solar donde hoy se alza el edificio estaba asociado a una construcción muy famosa por su forma estrecha: la “casa del ataúd”, que acabó desapareciendo con las demoliciones ligadas al inicio de la Gran Vía.
Ahí está la clave: el Edificio Metrópolis no nace “en” la Gran Vía; nace para inaugurar esa nueva etapa. Por eso su emplazamiento es tan teatral: se coloca justo donde la ciudad empieza a contar otra historia.
La gran apuesta: un edificio de seguros que debía parecer un palacio
El proyecto se concibió como sede de la aseguradora La Unión y el Fénix Español y se adjudicó mediante concurso, ganándolo los arquitectos franceses Jules Février y Raymond Février. La obra, sin embargo, tuvo un inicio complicado: por conflictos y litigios ligados a las demoliciones, las obras no arrancaron hasta junio de 1907.
La dirección y cierre de la obra recayeron en el arquitecto español Luis Esteve Fernández-Caballero, finalizándose en 1910 e inaugurándose en enero de 1911.
Si te fijas, esa cronología lo dice todo: el edificio se construye prácticamente a la vez que se materializa el primer tramo de Gran Vía. No es un “decorado” posterior: es parte del arranque fundacional.
¿Por qué parece “tan París”? Estilo francés, exceso controlado y un truco moderno
A nivel estético, el Metrópolis es ecléctico con fuerte inspiración francesa: un lenguaje Beaux-Arts/neobarroco donde arquitectura y escultura van de la mano. Fachada clara (piedra y estuco), rejería de bronce, mansardas y esa cúpula oscura que remata todo como un casco ceremonial.
Pero lo realmente interesante es que, bajo esa apariencia “clásica”, el edificio usa soluciones modernas para su época: se empleó hormigón armado en elementos clave (pilares, forjados y cúpula), lo que permitió una organización interior más flexible (menos condicionada por columnas). Ese tipo de estructura encaja con algo muy de principios del XX: el edificio debía ser elegante, sí, pero también práctico para oficinas, despachos y alquileres.
Y luego está el gesto definitivo: la cúpula.
La cúpula: pizarra negra, dorado y el “efecto wow” de la ciudad
La cúpula está realizada en pizarra y decorada con incrustaciones doradas con pan de oro de 24 quilates. Es el detalle que, incluso en un día gris, consigue ese destello que hace que levantes el móvil casi sin pensarlo.
El conjunto alcanza aproximadamente 45 metros de altura y se convirtió en uno de los edificios más altos y llamativos de su momento.
Esculturas: cuando un edificio te cuenta “qué valores importaban”
En la fachada aparecen grupos escultóricos y alegorías que no están ahí por capricho: representan Comercio, Agricultura, Industria y Minería, una especie de “manifiesto” de progreso y prosperidad muy propio de la época. Entre los autores citados están Mariano Benlliure, Paul Landowski y Lambert Escaler.
Es decir: este edificio no solo quería ser bonito. Quería parecer inevitable, como si el futuro ya estuviera firmado en piedra.
Del Ave Fénix a la Victoria alada: el cambio que lo reinventó
Mucha gente piensa que la escultura superior es “el Fénix”, pero no: originalmente, la cúpula estuvo coronada por una composición vinculada a la aseguradora, obra del escultor francés René de Saint-Marceaux. Cuando, a comienzos de los años 70, el edificio pasó a manos de la aseguradora Mutua Madrileña (donde acabó parte de la iconografía original), se sustituyó la escultura por la actual Victoria alada (Nike), obra de Federico Coullaut-Valera.
Y aquí viene lo bueno: ese cambio no le quitó identidad, se la multiplicó. Porque desde entonces el edificio funciona con doble lectura: el palacio de seguros de 1911 y el icono pop de la Gran Vía contemporánea.
Una nueva etapa (y por qué sigue siendo un símbolo)
En los últimos años, el edificio también ha vivido transformaciones de uso. Según Cinco Días (El País), tras años de reforma se ha planteado su relanzamiento como espacio de lujo con club/hotel y oferta gastronómica.
Más allá del modelo (y de si te interesa o no), lo relevante es esto: el Metrópolis sigue siendo un “lugar-imán”. Cambia la ciudad, cambia el turismo, cambian los hábitos… pero esa esquina sigue mandando.